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Rostros invisibles: narrar la violencia y la resistencia

Comunicaciones Igneo Sep 24, 2025 Entrevista, Nota, Voces de Autores 0 Comentarios
Entrevista a Rosario Fossati sobre Rostros invisibles, una novela que revela las cicatrices ocultas de la ciudad y la fuerza de las comunidades.

La ciudad respira, guarda silencios y también heridas. Rosario Fossati, arquitecta y escritora, debuta con Rostros invisibles. Cicatrices de la ciudad, una novela que combina crudeza y esperanza, donde el feminicidio se convierte en detonante de una trama colectiva que revela las luchas invisibles de los márgenes urbanos. Conversamos con ella sobre el origen de esta historia, el poder de la comunidad y el papel del arte en medio de la violencia.


Donde nace la herida

—¿En qué momento sentiste que tenías que escribir esta historia?
Desde hace décadas trabajo en los bordes más frágiles de la ciudad: asentamientos donde la desigualdad se vuelve paisaje y, a la vez, herida. Soy arquitecta, pero mi foco estuvo más en lo comunitario que en lo individual; conocí en territorio el problema tanto en Uruguay como en diversos países de América Latina, y pasé una temporada en Harvard enfocada en desarrollo urbano. Ese trayecto fue técnico, sí, pero aprendí que hay realidades que no entran en informes. La ficción me permitió abrir esas puertas: contar lo que no se mira ni se escucha; lo que el ruido tapa.

Rostros invisibles nace de esa necesidad: mostrar el rostro detrás de las cifras. Quise que el lector sintiera el pulso de estos barrios —la respiración contenida antes del estallido— y esa luz pequeña que insiste cuando todo parece apagarse. No cuento datos; cuento vidas. A veces alcanza con un detalle —una pared que nos habla, un puente de tablas húmedas, una mirada que no baja— para entender que allí late una historia que reclama ser escuchada.

Ojalá que, cuando la gente abra el libro, escuche ese murmullo de la ciudad que suele pasar inadvertido, porque es ahí donde empieza la verdadera conversación. Si el lector, al leer esta novela, puede ver, oír, oler, tocar y hasta saborear, junto a los personajes; entonces mi escritura habrá sido exitosa.

—El libro mezcla la crudeza del feminicidio con la esperanza de la organización barrial. ¿Cómo lograste ese equilibrio?

Bueno, no sé si encontré ese equilibrio; eso lo dirán los lectores. Lo que sí sé, es que juntas las personas pueden más. No es consigna: es experiencia en territorio. En los márgenes castigados, el horror prospera en lo que no se ve —o en lo que parece importarle menos al resto. En la novela, el feminicidio es el disparador, pero trato de mostrar cómo una comunidad puede convertir el miedo en red: poder mirar juntos, poder nombrar y actuar juntos.

El equilibrio aparece ahí precisamente: hacer visible lo invisible, que el dolor sea la fuerza. No en un optimismo edulcorado, no; para nada. Hay un trabajo paciente detrás: una olla que convoca, una puerta que se abre de noche, una ronda que decide cómo cuidarse, un mensaje que corre de boca en boca. Cuando el barrio se organiza, lo que operaba en la sombra se empieza a sentir incómodo; no siempre desaparece, pero deja de ser intocable. Quisiera que el lector lo perciba en pequeñas vibraciones y que, al cerrar la página, sienta que también tiene algo para hacer en esa trama.

—El título es fuerte. ¿Quiénes son esos “rostros invisibles”?

Cuando hablo de rostros invisibles no me refiero solo a los de esta novela: están en todas las sociedades, y lamentablemente cada vez son más. Para escribir, elegí un territorio marginal y una comunidad también marginada socialmente. Puse el foco, sobre todo, en lo que ocurre con las mujeres, la juventud y la niñez. No es un tema de etiqueta ni de consigna; es un dato de la realidad: las mujeres y su familia, en general monoparentales, cargan vidas más duras, con menos oportunidades de enfrentar las dificultades.

Cuando los problemas no se denuncian, no se nombran, no se miran, se vuelven paisaje. Y el paisaje es eso que ya no registramos: pasamos junto a alguien que duerme en la calle y seguimos de largo; atravesamos un barrio carenciado y sentimos otro aire, hasta aparece el miedo; cuando en realidad el miedo lo tienen quienes viven allí. ¿Por qué? Porque para gran parte de la sociedad son invisibles, pero para la maldad, para el horror, para el abuso, son bien visibles. Ahí está el corazón del libro: mostrar esos rostros para que existan.

Para darles visibilidad, hay que atacar muchos aspectos, no es algo nuevo; pero solo de una manera muy integral y, por supuesto, con la participación activa de los involucrados, entonces el cambio es posible. Eso busca el título y eso busca la novela: que quien lea se detenga un segundo más, levante la mirada y empiece a ver lo que está en el paisaje; siempre estuvo, pero no lo miramos.


Narrar la violencia, narrar la lucha

—¿Cómo abordaste el feminicidio sin caer en el morbo?

Es un tema muy difícil, y no tengo una respuesta única. Por un lado, hablar de feminicidios, violaciones y asesinatos puede empujar a ese lugar del morbo o a la repetición del horror que ya circula en medios y redes. Pero, por otro, también es denuncia y es arrimar a quienes están viviendo situaciones similares: a veces es mejor gritar hacia afuera que gritar hacia adentro, en silencio. Sobre todo, es bien claro que cuando esto ocurre en lugares carenciados, el ruido social es mucho menor que cuando ocurre en sectores más acomodados de la sociedad. Cuando el morbo o la repetición del horror en los medios se apaga, vuelve a ser paisaje.

En la novela no busco alimentar ese espiral. Prefiero no describir lo que atrapa por lo espantoso; eso dejarlo abierto para que cada lector lo complete como quiera. Cuento lo que sucede, lo nombro—porque hay que nombrarlo—, pero el foco lo pongo en cómo se sale; en lo que viene después, lo que puede sanar. Ese mañana puede ser de horror también, obviamente; pero yo elijo el camino de la recuperación, que no es una utopía por más difícil que sea es posible.

Además, aunque en la novela las víctimas están muertas, alrededor de ellas hay otras víctimas que siguen vivas: familias, vecinas, jóvenes que quedan a la intemperie, atrapados en un cerco de miedo y oscuridad. Ahí decidí mirar. No se trata de negar la violencia, sino de no entregarle el corazón de la escena.

—Incorporas un elemento de investigación criminal. ¿Por qué?

Ahí entramos de lleno en lo literario. Se suele decir que hay dos tipos de escritores: mapa y brújula. Están quienes diseñan todo antes de escribir y quienes avanzan dejando que la historia se revele en el camino. Yo soy brújula. Quise meterme en la novela policial —pero sin policías—, aunque suene extraño. Si hay feminicidios, tiene que haber investigación; por eso aparece un equipo criminalístico más a modo detectivesco: personas que, muchas veces sin conocerse entre sí, se van encontrando detrás de los sucesos, con perfiles distintos, y van hilando pistas y rastros.

Como pasa siempre que escribimos una historia, entramos en mundos que no dominamos del todo y toca estudiar. No para escribir en clave CSI, ni para dar cátedra, sino para contar una historia creíble. Y ahí decidí entrar en el juego de estrategias. La vida real funciona así; cada decisión, cada jugada que hacemos, mueve el tablero. Pero, cuando uno hace algo, el otro también hace algo, y esa respuesta obliga a reconfigurar los planes. No hay planes cerrados: caminan con la historia porque la historia se va moviendo. Eso pasa con mis personajes, pensamiento en movimiento.

Lo que se piensa y se hace, del lado de quienes buscan al asesino; y lo que piensa y hace del lado del asesino. Cómo cada jugada obliga a la siguiente. Ese pulso estratégico me permitió enfrentar al criminal con esa inteligencia colectiva que, a fuerza de la sumatoria de pequeñas decisiones, intenta abrir un camino donde parecía no haber salida.

—La novela tiene momentos de intriga propios del thriller. ¿Fue un medio para hablar de algo más profundo?

Sí, totalmente. Un thriller psicológico. La tensión no se juega tanto en la persecución externa sino en las mentes, como ya dije, en lo que cada personaje piensa del otro y en cómo una estrategia convoca una contra-estrategia. Es casi un pequeño laboratorio de teoría de juegos: cada decisión tensa, mueve el tablero; y obliga a una respuesta de igual intensidad; ninguna jugada queda quieta. La intriga está en que no sabemos cómo va a reaccionar el otro en ese juego.

Por eso elegí una voz narrativa coral. La narración va “de cabeza en cabeza”: lo que sienten y piensan las mujeres, los jóvenes, los técnicos, los vecinos; cómo cada quien interpreta el mismo hecho y decide qué hacer, en lo individual y en lo colectivo. Me interesa esa cercanía con la realidad, porque la vida funciona así: gente pensando, gente actuando, planes que se arman y se desarman según lo que pasa a continuación.

Ese dispositivo me permitió profundizar en lo que viene después del impacto: ¿qué ocurre al día siguiente?, ¿cómo se reacomodan los vínculos?, ¿qué consecuencias aparecen cuando todavía nadie se animó a nombrarlas? Ahí la historia se ramifica en un árbol de decisiones que cambia a los personajes y también cambia el camino.

Además, yo me meto en la historia y la voy viviendo mientras la cuento. Muchas veces terminé caminando por lugares que no había previsto—precisamente porque, cuando la acción es verosímil y late cerca, una no solo la escribe: la atraviesa, la vive. Ese es el sentido del thriller en el libro: no como espectáculo del peligro, sino como tensión íntima que sugiere pensar cómo actuamos y cómo contribuimos en el mundo que se va construyendo con la vida misma.


El horror como verdad

—El barrio casi se convierte en un personaje más. ¿Está basado en un lugar real?

Sí, el barrio es un personaje más. Me interesa mucho esa idea porque la ciudad — sea carenciada o no— se relaciona con la gente; hay que escucharla, y a veces es como si ella también nos escuchara. Eso atraviesa todas mis novelas —esta es la primera publicada, pero hay ya varias inéditas— una especie de marca personal: me gusta describir las ciudades desde esa perspectiva, quizá porque viajo mucho y siento que cada lugar me dice cosas y yo intento entenderlas.

Está basado en un lugar real, sí, pero ficcionado. Muchas de las situaciones del comienzo —esos asentamientos muy marginales al borde de un arroyo, esas caminatas por la rambla montevideana, el detalle de los barrios— remiten a Montevideo. Igual prefiero que no se lean como un único sitio, porque esa realidad la vemos en toda América Latina.

¿Tiene algo de autobiográfico? Sí y no. Sí, en el sentido de mi experiencia laboral siempre cercana a sectores vulnerables y a procesos colectivos para salir adelante. Pero la historia es ficción: no hay personajes que me representen a mí ni a personas que conozca. Son figuras creadas por mi imaginación, aunque ́existan ́ en distintos lugares, con las que el lector puede identificarse. En síntesis: mi vida aporta la escucha y el enfoque; lo que se cuenta es ficción.

—¿Cómo describirías la comunidad que retratas?

Es una comunidad que conjuga todo eso que decís. No está formada sólo por el sector más marginal; de hecho, si a ese sector no se le tiende la mano desde lugares con más recursos y posibilidades, salir adelante se vuelve casi imposible. En la historia conviven personas con distintos niveles socio-culturales, incuso de cercanía con el poder político y econó mico. Vemos que las protagonistas principales no viven en el mismo contexto —una vive en un barrio céntrico y la otra en uno de los más privilegiados—, y llegan a la problemática a través de un vínculo con una persona en situación de calle. De esas conversaciones nace el involucramiento y, con él, el acercamiento a los hechos que se cuentan.

El escenario inicial es un arroyo sucio, maloliente y contaminado, bordeado por viviendas altamente vulnerables —chapa, cartón—. El proceso colectivo transforma ese borde en un barrio, y entonces aparece otro desafío muy real: cuidarlo para que no lleguen nuevos actores a despojar a quienes estaban, sólo porque el lugar recuperado empieza a tener valor.

Esa tensión —resistir, luchar, renacer y a la vez proteger lo logrado—define a la comunidad del libro. Es una trama que cuida, que se organiza y que entiende que el bienestar no es un punto de llegada, sino una práctica sostenida para que nadie quede nuevamente afuera.

—¿Cómo se organiza una comunidad desde el dolor sin volverse solo rabia?

Es una pregunta muy difícil. Creo que hay una inteligencia que se construye—despacio, en la suma del uno a uno—hasta que aparece eso que llamamos sinergia. Siempre digo que “dos más dos es cinco” y se ríen, pero a eso voy: lo que cada quien puede aportar en forma individual no equivale a lo que ocurre cuando las fuerzas se juntan. Y desde allí es posible contener la rabia que vamos generando adentro.

Esa rabia existe, y hay que contenerla para que no se devore todo. En esta historia, las protagonistas principales tienen la voluntad y, sobre todo, el compromiso y la sostenibilidad, con esta comunidad que necesita salir del ahogo, encontrar caminos: no sólo por los feminicidios en sí, sino por todo lo que provocan después. Ahí empieza el “paso a paso. No es que ellas, las protagonistas, piensan y los/las demás las siguen; desde allí es que se forma el coro. Cuando las personas que ya no creen en sí mismas empiezan a creer, todo cambia.

También hay que decirlo: no idealizo. Las decisiones colectivas necesitan apoyos— recursos, redes, herramientas—para volverse hechos. Por eso hablo de un tejido que se va armando: contención, escucha, acuerdos, pequeñas victorias, van restaurando la confianza y permiten la siguiente jugada. Así, el dolor no se queda en silencio, no se transforma en bronca: se convierte en organización. Y es esa trama—paciente, compartida, persistente—la que hace posible lo que el libro, al final, nos deja ver.


Rostros invisibles: Arte, memoria y política

—En la novela, el arte aparece como resistencia. ¿Por qué?

Para mí, el arte ofrece una forma más democrática de expresión. Si para hacerse oír se depende solo del capital de libros leídos, títulos obtenidos o recursos disponibles, estamos perdidos. Las habilidades —las que todos tienen en alguna medida— abren otra puerta. En los barrios más pobres eso se ve con claridad: la muchachada canta, así surgió el rap, el hip hop, o pinta: los graffitis y el arte mural son ejemplo de ello; formas de expresarse que no pasan por el aula ni por los título y, sin embargo, llegan con una intensidad enorme.

En estas comunidades el arte es una herramienta de resistencia y también de resiliencia. ¿Qué puede el arte que no puede la denuncia sola? La denuncia puede ser un grito en la calle, pero para que pese tiene que ser escuchada; y para ser escuchada, necesita una comunicación efectiva. El arte es un medio más accesible y potente para comunicar para estos sectores sociales: convoca, traduce, conmueve, organiza. Permite que quienes no se sienten cómodos con la palabra escrita o con el discurso formal, igual tomen la voz y la pongan en circulación.

—¿Puede una novela generar más reflexión que un informe?

No busco que la novela compita con informes técnicos —de informes viví toda la vida— ni una campaña pública. Este pasaje a la ficción permite ir mucho más allá; invita al lector a entrar en esos mundos, a reflexionarlos y tomar posición. Esa identificación —o rechazo— con lo que sucede, con los personajes y con las realidades que aparecen en la his toria, es la esencia del asunto.

No se trata de mandar mensajes como si yo tuviera las verdades; la novela no busca aleccionar. Propone pensar desde contextos y situaciones reales que viven las sociedades —todas—, aunque en algunas se hagan más visibles. En los libros que estoy escribiendo estoy recorriendo el mundo; no me quedé solo en Uruguay o América Latina. Y descubrí que estas realidades están en todas partes, de formas distintas, pero están.

Por eso, lo que más me gustaría es que el libro guste por lo que le llega al lector, por lo que le permite visualizar en su propia sociedad. Muchas cosas que ayer eran paisaje, después de leerlo puedan transformarse en problemas a nombrar, a atender; en algo que no queremos naturalizar. Si la ficción logra eso—mover la mirada del lector hacia lo que estaba ahí, pero invisible— entonces, sí: se trasciende el informe o la campaña pública.


La escritura como acto colectivo

—¿Cambió tu mirada sobre el feminicidio mientras escribías?
No sobre el hecho en sí —que es inconcebible—, pero sí me impactaron las estadísticas globales y la dimensión social del problema. El feminicidio trasciende al asesino y a la víctima: es responsabilidad de todos.

—¿Hubo escenas que te dolió escribir?
Sí, la de los adolescentes que encuentran a su tía asesinada. También las vinculadas a la dictadura uruguaya Es ficción, claro; lo escribí yo, por supuesto. Pero me pegó fuerte. Como si hubiera estado allí con ellos. Esa mezcla de infancia, pérdida y desesperación, me atravesó.

¿Y el alivio? El alivio siempre me lo trajo el agua, agua que es una protagonista más. También la reconstrucción física y social del barrio, a lo largo de varios años que transcurren en la historia. No es magia —detrás hay organización, decisiones difíciles, trabajo sostenido—; pero ver cómo un lugar lastimadose vuelve tan querible, me dio una paz que compensa las sombras que transcurrieron para ello.

—¿Qué tipo de lector esperas que llegue al libro?
Ojalá llegara desde quienes entran en la adolescencia hasta quienes tienen 99 años y más. Pero creo que no es un libro para todo el mundo. Me imagino a un lector o lectora a quien le duelen las condiciones de vida de mucha gente; no necesariamente alguien militante, pero sí alguien que ve lo que pasa y preferiría que no existiera, aunque sienta que, en lo individual, puede hacer poco para ayudar a cambiarlo.

—¿Cómo te gustaría que se use este libro?
Lo pienso primero como un libro para leer en casa, con calma, como quien se sienta a escuchar una historia que también lo interpela. Pero también podría tener otros usos. No sé si en las escuelas directamente, aunque podría ser; pero sí lo veo en talleres, en círculos comunitarios, en espacios de lectura compartida donde lo importante no sea solo el texto, sino la conversación que se genera alrededor.

—¿Qué viene ahora?

Desde que una empieza a escribir, ya no puede parar: se vuelve tu modo de estar en el mundo. Rostros invisibles es el primero que publiqué, pero forma parte de una trilogía que ya está escrita. Cada novela cierra por sí misma —no hace falta leer la anterior—, aunque comparten una historia de base y varios personajes que vuelven con nuevas preguntas en nuevos tiempos. Además, tengo una cuarta novela terminada, que liga con la segunda en la serie “Ecos”, distinta en tono y en universo: otros personajes, otro contexto, otra manera de mirar.

¿Qué viene ahora? Seguir escribiendo y buscar que lo escrito haga eso, eco. Me interesa seguir trabajando lo social —las ciudades, los bordes, las tramas que se tejen cuando parece que no hay salida—, pero también explorar para ahondar en lo psicológico y en la relación entre las personas y el territorio, la memoria de los lugares. En ese cruce encuentro mi voz.

Así que lo que sigue es simple y enorme a la vez: publicar las otras dos novelas de la trilogía, abrir camino a la cuarta, y mantener vivo el impulso de escritura cotidiana. Ojalá que cada libro encuentre lectores y, sobre todo, resuene: que deje esa vibración que nos hace mirar distinto lo que creíamos conocer.


Con Rostros invisibles. Cicatrices de la ciudad, Rosario Fossati nos invita a mirar lo que pasa desapercibido en nuestras ciudades y a escuchar las voces silenciadas por la violencia. Una novela que combina la dureza de la herida con la esperanza de la trama comunitaria.

📖 Rostros invisibles. Cicatrices de la ciudad ya está disponible para quienes buscan una lectura profunda, comprometida y transformadora a través de Amazon y la web de Grupo Ígneo.

Rostros invisibles. Cicatrices de la ciudad (Rosario Fossati)

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