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Ciencia y filosofía: la conversación urgente que la sociedad necesita

Comunicaciones Igneo Mar 5, 2026 Académico, Ensayo, Entrevista, Pensamiento 0 Comentarios
La invitación queda abierta para el lector: asumir el pensamiento crítico no como un ejercicio académico aislado, sino como una actitud permanente frente a la vida y la sociedad.

¿Qué lugar ocupan hoy la ciencia y la filosofía en nuestra vida cotidiana, en la universidad y en el rumbo que toman nuestras sociedades? En esta entrevista, Nemesio Espinoza comparte las reflexiones que dieron origen a Ciencia y Filosofía: Aproximaciones a la comprensión de la ciencia y de la filosofía, un libro que nace de su experiencia docente y de su preocupación por el papel que estos saberes deberían cumplir en la formación de ciudadanos y profesionales. A lo largo de la entrevista, el autor plantea una idea central: ciencia y filosofía no pueden caminar separadas si realmente aspiramos a comprender el mundo y transformarlo.


I. Origen del libro y motivación

¿En qué momento surge la necesidad de escribir Ciencia y Filosofía? ¿Nace de una inquietud académica, de tu experiencia docente o de una preocupación más amplia por el rumbo del conocimiento en nuestra sociedad?

En mi condición de docente en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, consciente de mi rol de ser partícipe en la formación de un nuevo tipo de profesionales para el Perú y para el mundo, he hallado el gran significado que tienen la ciencia y la filosofía para la docencia universitaria en el proceso de desarrollo social y económico de nuestras sociedades eternamente subdesarrolladas. Es lo mejor que me ha pasado durante mi larga permanencia en la universidad. Es en este contexto en el que he considerado la necesidad de escribir este libro, porque no hay mejor modo de ejercer la docencia universitaria que comprendiendo, cada vez mejor, la naturaleza de la ciencia y de la filosofía.

Rigurosamente hablando, en los actuales tiempos no debería haber docencia universitaria sin estar basada en la díada ciencia-filosofía. Sin embargo, lastimosamente, en nuestro medio la docencia universitaria está completamente de espaldas a la ciencia y a la filosofía, y hasta hay “catedráticos” —muy común verlos en la universidad— que aborrecen la ciencia y la filosofía.

Estas evidencias manifestadas en mi larga labor docente en la universidad me permitieron realizar investigaciones (y reflexiones) sobre la ciencia y la filosofía, de las cuales he publicado algunos libros y artículos; he participado en diversos eventos internacionales y realicé estudios de doctorado (que son programas eminentemente de filosofía) en Administración y en Filosofía. Todo esto con el propósito académico de ejercer en mejores condiciones la cátedra y de participar en la noble tarea de divulgar la ciencia y la filosofía para contribuir a la orientación de los conocimientos hacia el desarrollo de nuestras sociedades.

El título propone un diálogo directo entre dos campos que a menudo se presentan como separados. ¿Por qué consideras necesario volver a pensarlos de manera conjunta en la actualidad?

En general, al menos en el ámbito académico de la región latinoamericana, nunca se ha pensado que la ciencia y la filosofía fueran, por su propia naturaleza, inseparables. Siempre se ha considerado y divulgado la nefasta idea de que la ciencia va por aquí y la filosofía por allá; separadas. La ciencia y la filosofía “son saberes autónomos”, dicen. Y en tal contexto no solo se concibe a la ciencia separada de la filosofía sino, lo que es peor, en nuestras sociedades son tenidas como parias, completamente desvinculadas y despojadas de toda importancia.

En tales condiciones, es necesario el reconocimiento de que la ciencia, si no trasciende hacia la filosofía, no es ciencia; y si la filosofía no está basada en la ciencia, no es filosofía.

Por consiguiente, hoy es preciso hablar de la díada ciencia-filosofía, es decir, del yin yang de la ciencia-filosofía; pues hablar de ciencia significa necesariamente hablar de la filosofía, y hablar de filosofía significa necesariamente hablar de la ciencia. Sin embargo, en nuestras sociedades, si bien hablamos algo de ciencia (generalmente de la ciencia apátrida, colonialista, con inevitables lazos de dependencia), no hablamos nada de filosofía, que es completamente ajena en sociedades donde se acentúa más el sufrimiento humano y donde precisamente la filosofía, al igual que la ciencia, debiendo estar presentes, están ausentes.

Así, nuestras sociedades, nuestras universidades y nuestros sistemas educativos son acientíficos y afilosóficos (no digo que sean anticientíficos o antifilosóficos), propios de nuestras sociedades eternamente subdesarrolladas; por cuya razón, hoy más que antes, se hace necesario comprender y hablar de la ciencia y de la filosofía en términos de una díada (ciencia-filosofía).

A lo largo del libro se percibe una clara vocación formativa. ¿Pensaste esta obra desde el inicio como una herramienta dirigida a estudiantes y a lectores no especializados?

Nuestro país y nuestra región latinoamericana (al igual que África y Asia), catalogados como consuetudinariamente subdesarrollados, tienen una condición común: no hay ciencia, menos aún filosofía, en términos de lo que los actuales tiempos demandan. Estas condiciones estructurales explican el porqué de nuestros atrasos y subdesarrollos.

Por estas razones he planteado siempre la imperativa necesidad que tienen nuestras sociedades de que la ciencia y la filosofía formen parte ineludible de la cultura nacional y sean políticas de Estado de los gobiernos. Necesitamos que los estudiantes, no solo de los colegios sino, sobre todo, de las universidades, y los ciudadanos en general (lectores no especializados), lean, estudien, investiguen, hablen y practiquen la ciencia y la filosofía como parte de su vida cotidiana y de su cultura.

Para ello necesitamos que los docentes en general, sean de escuelas, colegios y especialmente de las universidades, sean científicos y filósofos por antonomasia; o dejen de ser docentes. Para ello es necesario lograr, cada vez más, la comprensión de la naturaleza de la ciencia y de la filosofía.


II. Ciencia, filosofía y pensamiento crítico

En tu planteamiento, la ciencia y la filosofía no son saberes abstractos ni distantes. ¿Cómo influyen, según tu visión, en la vida cotidiana y en las decisiones sociales?

En las sociedades como las nuestras, y en pleno siglo XXI y tercer milenio, hay pobrezas y desigualdades que hacen sufrir en demasía a los seres humanos. Precisamente la ciencia, de la mano con la filosofía, tiene la misión, si bien no de erradicar los subdesarrollos, sí de disminuirlos gradual y sostenidamente. Pero, en nuestras sociedades en general, estructuralmente incrustadas en culturas acientíficas y afilosóficas e inmersas en culturas de corrupción y mediocracia, no hay —ni puede haber— absolutamente políticas nacionales de priorización de la ciencia y de la filosofía.

A nadie le interesa la ciencia, menos la filosofía; y lo que es peor y paradójico, ni a la misma universidad, pues todas ellas, en general, tienen estructuras curriculares completamente ajenas a la ciencia y a la filosofía y con “catedráticos” que hasta aborrecen la ciencia y la filosofía.

Hablar de la “vida cotidiana y de las decisiones sociales” significa hablar de la política. Nuestras sociedades de hoy necesitan nuevas políticas de Estado que apuntalen hacia la gradual y sostenida disminución de las pobrezas y desigualdades; y solo hay una manera de lograrlo: a través de políticas de Estado que prioricen la díada ciencia-filosofía.

Ya no necesitamos de las aún denominadas “izquierda”, “derecha”, “comunismo”, “capitalismo” y de sus múltiples variantes, sino de la ciencia y de la filosofía. Cuesta creerlo así precisamente por encontrarnos inmersos en la vigorosa vigencia de culturas acientíficas y afilosóficas que precisamente gestan culturas de corrupción y mediocracia; por consiguiente, producen irremediablemente el habitual subdesarrollo.

¿Necesitamos de “políticos” tradicionales que adopten “decisiones sociales”? No. Necesitamos de nuevos políticos —propios del siglo XXI y tercer milenio— que adopten resueltamente decisiones políticas de desarrollo (que en lo esencial significa el otorgamiento de la calidad de vida a la población) basadas rigurosamente en la díada ciencia-filosofía.

El pensamiento crítico atraviesa todo el libro como un eje central. ¿Por qué consideras que hoy es una capacidad indispensable para las personas y las comunidades?

El denominado “pensamiento crítico”, propio del ser humano que piensa, razona, analiza y filosofa sobre la base de sus conocimientos, es inherente a sociedades inmersas en la cultura de la ciencia y de la filosofía. Sin embargo, nuestras sociedades, nuestros sistemas educativos y nuestras universidades, que son estructuralmente acientíficos y afilosóficos, sumidos en culturas de corrupción y mediocracia propias de sistemas educativos para el subdesarrollo, no generan condiciones para el pensamiento crítico (en términos de los grandes filósofos), ni forjan condiciones para el pensamiento complejo en términos de Morin.

Pensar críticamente en las complejidades es la labor más difícil del ser humano y, por cuya razón, la mayoría —por no decir todos— generalmente la eludimos; por eso la filosofía, basada en la ciencia, es la mejor expresión del pensamiento crítico y complejo.

El filósofo, el verdadero filósofo, piensa críticamente en las complejidades de la existencia humana. El filósofo duda, estudia, investiga, analiza, reflexiona, cuestiona, debate; huye del pensamiento gregario (vulgar), de rebaño, de manada, de la “mayoría”, de la muchedumbre o del sistema vigente; por consiguiente, no hace ni dice, por inercia, lo que ellos hacen y dicen, sino que sus pensamientos son propios y críticos.

Así, el pensamiento del filósofo, siendo crítico y complejo, no es el del soldado raso que debe obedecer “sin dudas ni murmuraciones”. No es repetición o clonación del pensamiento de quienes encubren el sistema, pues ellos son los gestores del sufrimiento humano en este mundo llamado planeta Tierra, que acaso sea el infierno de otros mundos (Huxley).

Por eso, las sociedades inmersas en culturas carentes de ciencia y filosofía, hundidas en la cultura de la corrupción y mediocracia —incompatibles con la ciencia y la filosofía— son sociedades en las que, en general, los ciudadanos no dudan, no piensan, no reflexionan, no razonan, no filosofan, no se rebelan; pues, con grilletes de nuevas modalidades de esclavitud, están habituados a ser ajenos a la libertad, a su propia libertad y, por eso, son fáciles de ser usados (manipulados) por intereses de quienes algo piensan.

Por tales razones, tener ciudadanos inmersos en el pensamiento crítico y complejo, o en el simple hecho de tener ciudadanos que piensan para el desarrollo, son condiciones indispensables que se deben lograr para el desarrollo económico-social sostenido, a mediano y largo plazo, de nuestras sociedades; desarrollo que, en esencia, significa el otorgamiento gradual de mejores condiciones de calidad de vida para la población.

Recuperas ideas de grandes pensadores y científicos de la historia. En un mundo tan acelerado, ¿qué valor tiene volver a esas fuentes clásicas del conocimiento?

Es necesario porque hoy, con mayor razón que antes, la ciencia y la filosofía se hallan estancadas por siglos, cuando menos en los últimos dos. Hoy ya no tenemos personalidades, tanto en la ciencia como en la filosofía, de la altura mundial de Tales, Sócrates, Confucio, Aristóteles, Platón, Santo Tomás de Aquino, Copérnico, Bruno, Galileo, Descartes, Leibniz, Kant, Hegel, Nietzsche, Comte, Einstein, etcétera.

Todo eso explica por qué las sociedades del mundo de hoy, especialmente las nuestras (América Latina, África y Asia), no le están dando importancia a la ciencia, menos a la filosofía. Somos sociedades acientíficas y afilosóficas, empezando por nuestras universidades, en las que la cultura de la ciencia y de la filosofía es ajena, precisamente porque estamos inmersos en un mundo “acelerado” del sistema imperante, en el que no hay “tiempo” para pensar en la ciencia, en la filosofía, en la existencia humana; estamos sumidos en una cultura pragmática de las “ganancias”, de los “éxitos”, de la “competencia”, de las “dependencias”, etc., y, para nuestra mayor desventura, en sólidas culturas de corrupción y mediocracia.

Así, en un mundo acelerado y pragmático, estamos, en general, muy “ocupados” en nuestras estupideces humanas, viviendo de espaldas a la ciencia y a la filosofía; nos parecen “normales” las eternas condiciones estructurales de pobrezas y desigualdades que afectan a la humanidad, sin importarnos ni interesarnos la trascendencia del pensamiento de los grandes científicos y filósofos.

Precisamente porque no se recupera ni se reivindica a los grandes científicos y filósofos de la humanidad, y por consiguiente no se ponen en práctica la ciencia y la filosofía, queda claramente explicado el porqué de la vigorosa vigencia de la condición subdesarrollada de nuestras sociedades en pleno siglo XXI y tercer milenio, que trae consigo los perpetuos sufrimientos de los seres humanos.

En tales condiciones, estamos irremediablemente atrapados. Sin embargo, los grandes científicos y filósofos de la humanidad —a quienes, en las “sociedades aceleradas”, ya no leemos ni admiramos— han señalado el camino: ciencia y filosofía para una mejor existencia humana, para encontrar el verdadero sentido a la brevedad de la vida terrenal, para una mejor calidad de vida.

Es, pues, necesario “volver a las fuentes” primigenias del conocimiento y emprender la divulgación de la ciencia y de la filosofía, empezando por la universidad, para contribuir a cimentar nuevas sociedades de base científica y filosófica para el desarrollo de la humanidad.


III. Educación y transformación social

El libro reflexiona con firmeza sobre el papel de la universidad y la investigación. ¿Cuáles consideras que son hoy los principales desafíos de la educación superior en la formación de ciudadanos críticos y comprometidos?

El asunto de la universidad es crucial para los temas que venimos tratando y debo extenderme un poco en la respuesta. Por “educación superior” se entiende también la educación impartida en los institutos superiores, pero se refiere principalmente a la educación universitaria.

En el mundo en que vivimos, máxime en las vastas regiones de América, África y Asia, en las que en pleno tercer milenio aún estamos sumidos en pobrezas y desigualdades, los conceptos de educación, universidad, investigación científica, ciencia, epistemología, filosofía, etc., están, por regla general, distorsionados.

En buena cuenta, no tenemos universidad en su primigenio concepto y significado (véase, por ejemplo, el pensamiento de José Ortega y Gasset al respecto) y, en su lugar, tenemos una gran cantidad de “universidades” eminentemente profesionalizantes, acientíficas y afilosóficas; vale decir, conatos de universidad que se limitan a formar “profesionales” clonados y en serie para el subempleo, desempleo y para acrecentar aún más el subdesarrollo.

No hay universidad propiamente dicha que produzca prioritariamente ciencia y filosofía a través de la verdadera investigación científica en el contexto de la epistemología y que, sobre esa base, forme científicos, filósofos y profesionales de nuevo tipo para los nuevos tiempos.

Así, nuestras universidades se han convertido, hoy más que antes, en un falso farol para las nuevas generaciones, quienes aun así están obligadas (forzadas) a ingresar a la “universidad” para “labrar su futuro” y “ser algo en la vida”, incluso sin tener la menor vocación para la vida universitaria.

En tales condiciones, los ciudadanos egresan inermes de las “universidades”, no solo como “profesionales”, sino también en el llamado “posgrado”, como magísteres (“másteres”) y “doctores”, sin tener la menor idea, ni aptitudes ni actitudes, acerca de la verdadera investigación científica, la epistemología, la ciencia y la filosofía.

Por todas estas razones (y muchas otras), hoy más que nunca existe la imperativa necesidad de repensar el asunto de la universidad y los ejes vinculados a ella: la ciencia y la filosofía.

Desde tu experiencia, ¿de qué manera pueden la ciencia y la filosofía contribuir a la construcción de sociedades más justas y conscientes?

Todo lo que he respondido anteriormente tiene un denominador común: argumentar cómo la díada ciencia-filosofía no solo puede, sino debe favorecer la construcción de sociedades más justas, lo que en esencia significa el otorgamiento de la calidad de vida; vale decir, garantizar calidad en educación, empleo, salud y vivienda para la población, y así disminuir gradualmente los altos niveles de sufrimiento humano registrados en la historia.

No es fácil, peor aún en sociedades como las nuestras, educadas y habituadas por siglos a su “natural” estado de subdesarrollo perenne; pero es enteramente posible. La edificación de sociedades más justas y equitativas es un proceso a mediano y largo plazo, siempre que hayamos empezado —o empecemos ahora mismo— por comprender la naturaleza de la ciencia-filosofía y por divulgarla.

No hacerlo significa asegurar, irremediablemente, otros siglos más de subdesarrollo.

En ese contexto, ¿consideras que la educación actual logra conectar el conocimiento académico con las problemáticas reales de la sociedad?

La respuesta es categórica: no.

La educación, en esencia, significa formación de mentes para la vida; por cuya razón es el eje fundamental para el desarrollo económico-social de las sociedades, es decir, para el bienestar y la calidad de vida. Sin embargo, la educación vigente en nuestras sociedades aún denominadas subdesarrolladas forma mentes para el subdesarrollo, para afianzar dependencias, desigualdades y pobrezas.

Necesitamos una nueva educación para el cambio de mentalidad (metanoia) que construya nuevas sociedades. La formación de ciudadanos pensantes y protagonistas del desarrollo es resultado final de todo el proceso educativo integral (familia, primaria, secundaria, superior).

La ciencia-filosofía no se enseña ni se aprende: se asume.


IV. Proceso de escritura y proyección del libro

Tu estilo es claro y accesible sin renunciar al rigor conceptual. ¿Cómo fue el proceso de encontrar ese equilibrio entre profundidad y divulgación?

Siempre he estado detrás del asunto de la ciencia y de la filosofía, con actitud reflexiva y crítica. He admirado sus grandezas y las hazañas de los científicos y filósofos.

Como autodidacta en ciencia y filosofía —pues, como todos los ciudadanos, incluso los egresados universitarios, no he recibido formación sistemática en ellas— he estudiado, investigado y publicado no por interés económico, sino por vocación.

Será por todo ello que parezca que tenga un estilo claro y accesible sin perder rigor; trato de contribuir a la divulgación, en lo posible de manera sencilla, de lo poco que sé acerca de la ciencia y de la filosofía.

En lo personal, ¿qué aprendizajes te dejó la escritura de este libro, tanto en el plano intelectual como en el humano?

Cada vez recuerdo a Sócrates: “Solo sé que nada sé”. He aprendido que los conocimientos vinculados a la ciencia y a la filosofía son tan vastos que nadie puede afirmar que ya no tiene nada que aprender.

En lo humano, observo con nostalgia el incesante sufrimiento de la existencia humana y, frente a él, no desearía permanecer con los brazos cruzados, los ojos cegados, la boca y los oídos cerrados, ni con la mente apagada.

Finalmente, ¿qué te gustaría que permanezca en el lector después de cerrar Ciencia y Filosofía: una pregunta abierta, una mirada más crítica del mundo o el impulso de seguir aprendiendo?

Me gustaría que en el lector se suscitaran no una, sino muchas preguntas abiertas; que adoptara una mirada crítica del mundo y que la reflexión, el pensar, el analizar y el cuestionar sean estilos de vida.

Me gustaría que la ciencia y la filosofía formen parte de la cultura cotidiana, que se hablara de ellas en los hogares, en las escuelas, en los colegios, en las universidades y en los mercados.

Así formaríamos, a mediano y largo plazo, sociedades que tengan a la ciencia y a la filosofía como soporte de su desarrollo y ciudadanos que participen activamente en la construcción de nuevas sociedades que garanticen, gradual y sostenidamente, la calidad de vida para los seres humanos.


Más que ofrecer respuestas cerradas, Nemesio Espinoza nos invita a volver a preguntar, a dudar y a pensar con mayor profundidad. Su propuesta es clara: recuperar la ciencia y la filosofía como parte viva de nuestra cultura, de la educación y de las decisiones que marcan el futuro. La invitación queda abierta para el lector: asumir el pensamiento crítico no como un ejercicio académico aislado, sino como una actitud permanente frente a la vida y la sociedad.


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