En medio de un escenario electoral marcado por la fragmentación, la desconfianza y una sensación creciente de desgaste institucional, el Perú vuelve a enfrentarse a una pregunta de fondo: qué rumbo está tomando como país y, sobre todo, si es capaz de corregirlo.
En ese contexto aparece Perú, la Segunda República. Imaginar el futuro y escalar el abismo del bicentenario, de Elmer A. Monteblanco Matos, un ensayo que propone mirar más allá de la coyuntura para cuestionar las bases mismas sobre las que se ha construido la vida republicana en el país.
A partir de una lectura crítica de estos más de dos siglos de historia —marcados por la persistencia de la desigualdad, la corrupción y la fragilidad institucional—, el autor plantea la necesidad de repensar el proyecto nacional y abrir la posibilidad de una Segunda República.
Sobre ese diagnóstico, pero también sobre las alternativas que se desprenden de él, conversamos en la siguiente entrevista:
El diagnóstico: una república que no termina de consolidarse
Elmer, ¿Qué lo llevó a escribir Perú, la Segunda República y por qué consideró necesario intervenir en este debate ahora?
Como usted comprenderá, el país vive una situación política muy compleja y de difícil solución. La degradación de la política ha llegado a situaciones extremas, en las que las organizaciones políticas pretenden hacerse con el poder para disponer de los recursos de la nación en beneficio de sus propios fines. Este nivel de degradación explica, en parte, por qué escribí el libro Perú, la Segunda República. Imaginar el futuro y escalar el abismo del Bicentenario.
Al respecto, considero que el Perú atraviesa una situación difícil, marcada por un conformismo político insalubre. Los grupos de poder económico y político se aprovechan de la fragilidad social e institucional que vive el país, el cual se ha acostumbrado a sobrevivir en condiciones de precariedad interna y marginalidad con relación a los países desarrollados.
En sus más de dos siglos de vida republicana, la sociedad peruana no ha sido capaz de desarrollar una industria minera propia, pese a su extraordinaria riqueza natural y a las ventajas comparativas que posee. Por lo tanto, tampoco ha desarrollado la infraestructura social mínima necesaria para generar capacidades internas. En consecuencia, los peruanos no generan riqueza para sí mismos, sino para otros; en general, para las grandes empresas transnacionales que explotan los recursos naturales, pagan regalías muy bajas y obtienen extraordinarios beneficios fiscales.
En el libro he desarrollado capítulos que pretenden explicar la situación actual de la sociedad peruana y las razones por las que un país que se considera rico presenta altos niveles de pobreza y desigualdad. Estas son algunas de las razones por las que escribí esta obra.
En su obra usted sostiene que el proyecto republicano peruano muestra signos evidentes de agotamiento. ¿Cuáles son las expresiones más graves de esa crisis?
En sus más de dos siglos de vida republicana —la República del Bicentenario—, el Perú no se ha desarrollado y prácticamente permanece estancado en su condición de país proveedor de materias primas. No ha sido capaz de generar una industria minera de ciclo completo, pese a sus ventajas comparativas y competitivas. Por lo tanto, es necesario superar el modelo primario exportador que se ha mantenido en el país desde los inicios de la república.
Las autoridades y los grupos de poder político y económico que lucran con el modelo primario exportador no tienen la sensibilidad ni la voluntad necesarias para generar capacidades internas propias. En consecuencia, las políticas están fundamentalmente al servicio de los intereses de las empresas transnacionales y de los grupos de poder económico y político que gobiernan el país.
El abandono del desarrollo de capacidades internas ha provocado que el Estado no impulse políticas fundamentales, como la prestación de servicios de alta calidad en la educación pública o la promoción de la ciencia y la tecnología aplicadas al desarrollo y la industrialización de los recursos naturales con ventajas comparativas.
En el plano político, el principal actor de desestabilización es el propio Gobierno: no solo aprueba leyes que favorecen al crimen, sino que, a su vez, modifica normas constitucionales y controla las principales instituciones con la finalidad de asegurar altos niveles de impunidad.
Asimismo, en pleno siglo XXI, el Perú continúa siendo un país primario exportador, como en los tiempos de la antigua colonia. Ha ampliado en millones de toneladas su producción de cobre, zinc, plata, hierro y minerales no metálicos, entre otros recursos, y ocupa lugares destacados en la clasificación mundial de productores de minerales.
Las raíces del problema: desigualdad, corrupción y debilidad institucional
En tu libro, ese agotamiento no se manifiesta de forma aislada, sino a través de dinámicas que se refuerzan entre sí; es por ello que a lo largo del mismo aparecen de manera recurrente la desigualdad, la corrupción y la fragilidad institucional. ¿De qué manera se conectan estos problemas dentro de la estructura del Estado peruano?
Efectivamente, el Perú es un país muy desigual y corrupto debido a la fragilidad de sus instituciones. Esta fragilidad se explica, a su vez, por los altos niveles de corrupción, generalmente encabezada por la autoridad política. De este modo, estamos atrapados en un círculo vicioso —corrupción, fragilidad institucional y más corrupción— muy difícil de superar. Entre otras razones, esto ocurre porque la principal fuente de corrupción se encuentra dentro del poder de turno y es liderada por la máxima autoridad.
A su vez, la autoridad corrupta está interesada principalmente en satisfacer las demandas de quienes la financian y de los grupos de poder. Por ello, las políticas públicas responden sobre todo a esos intereses.
Cabe señalar que, una vez que un candidato es elegido presidente de la república, congresista, gobernador regional o alcalde, lo primero que suele olvidar es la lucha contra la corrupción en su ámbito de responsabilidad. Esta situación se arrastra desde los tiempos de la colonia y se ha mantenido a lo largo de toda la República del Bicentenario.
Como se comprenderá, es difícil que un país corrupto y con altos niveles de desigualdad tenga un futuro prometedor. Sin embargo, la sociedad no logra reconocer esta realidad como un problema existencial de la nación que obstaculiza el desarrollo económico, sino como una suma de casos individuales. Por lo tanto, las soluciones se circunscriben a las responsabilidades legales de cada persona y no a las fallas que pudieran presentar los sistemas judicial, electoral, ejecutivo y legislativo.
El bicentenario y la necesidad de un punto de quiebre
El bicentenario ocupa un lugar importante en su reflexión. Más allá de su valor conmemorativo, ¿por qué considera que este momento histórico obliga a repensar el rumbo del país?
Después de más de dos siglos de vida republicana, es necesario evaluar las políticas y los gobiernos e identificar los problemas, las fortalezas, las debilidades y las oportunidades que el país ha afrontado a lo largo de esta extensa historia. Además, es importante sistematizar de manera inteligente y comprensible para la población el conjunto de lecciones aprendidas durante estos dos siglos de república.
En este contexto, las elecciones de abril de 2026 deberían constituir un punto de inflexión en la política. Sin embargo, la fragmentación expresada en treinta y cinco organizaciones políticas que pretenden capturar el Estado para aprovecharse de los presupuestos de las entidades públicas constituye una tragedia moral y un retroceso para el país. Por esta razón, es necesario que la ciudadanía tome conciencia de la importancia de su participación política. El libro Perú, la Segunda República… pretende ser algo más que un grano de arena en la inmensidad del desierto: busca contribuir al debate nacional sobre nuestro futuro, de modo que el tricentenario no nos sorprenda todavía en la condición de una economía subdesarrollada, como ocurre con la República del Bicentenario.
La propuesta: imaginar una Segunda República
De ese balance surge naturalmente la necesidad de no solo diagnosticar, sino proponer un horizonte distinto. Usted plantea la necesidad de imaginar una Segunda República. ¿Qué significaría concretamente ese nuevo horizonte para el Perú?
La Segunda República representa la posibilidad de superar los principales problemas estructurales que han marcado al país: la desigualdad, la corrupción, la desindustrialización y la debilidad institucional. Aspiro a que, con el tiempo, esta propuesta se convierta en una acción colectiva orientada a la construcción de un país más justo, en el que la democracia no solo represente realmente a los ciudadanos y atienda sus demandas de justicia y bienestar, sino que también permita recuperar valores, identidad, soberanía y sentido de comunidad.
El filósofo francés Jean-Paul Sartre decía: «Somos lo que hacemos con lo que han hecho con nosotros». De este modo, los peruanos tenemos la responsabilidad y la libertad de decidir y hacer cuanto esté a nuestro alcance para construir la Segunda República, que debería ser el hogar y la patria de todos. Es decir, un hogar donde los peruanos pobres no sean invisibilizados por los grupos de poder político y económico, y donde la democracia refleje plenamente los intereses de la ciudadanía y de la nación.
Precisamente en ese marco, el libro propone ejes como educación de calidad, ciencia, industrialización e institucionalidad moderna. ¿Por qué estos campos resultan decisivos para una transformación real del país?
En el mundo actual no existe un solo país que haya alcanzado un alto nivel de desarrollo y bienestar sin haber logrado, previamente o de manera simultánea, un nivel adecuado de educación técnica y científica. Algunos de los ejemplos más recientes son China y Corea del Sur, en Asia, e Irlanda, en Europa, entre otros. En estos casos, la educación y el desarrollo tecnológico explican buena parte de sus avances económicos y sociales. China es un gran ejemplo, y los peruanos deberíamos estudiar con detalle sus logros y las características de su organización social y política. Necesitamos comprender por qué unos países se desarrollan y otros no, así como explicar por qué un país rico como el Perú permanece detenido en el tiempo y no se industrializa.
Las experiencias de los países desarrollados nos enseñan que el núcleo del progreso está determinado por la calidad de las políticas públicas, que, obviamente, depende de la calidad de sus políticos y de sus organizaciones sociales, económicas y científicas, entre otras. Una sociedad que tolera la corrupción, como ocurre en el caso peruano, no tiene opciones de progreso. Entre otras razones, esto sucede porque el principal enemigo —la autoridad corrupta— se encuentra en el interior y en la cúspide del tejido social, y posee poder. Es decir, tiene la capacidad financiera y política de establecer alianzas estratégicas para financiar organizaciones que aprueben leyes a su favor y le permitan mantenerse en el poder. En esta situación, el combate contra la corrupción es muy complejo, pero no imposible.
El libro explica, en parte, esta perversa situación de corrupción e impunidad. Además, propone un amplio conjunto de políticas destinadas a superarlas.
Condiciones para el cambio: Estado, ciudadanía y responsabilidad colectiva
Repensar la República supone también revisar el pacto social. ¿Qué tipo de relación entre Estado, ciudadanía y nación debería construirse para hacer viable ese cambio?
En el Perú se suscribieron doce (12) mandatos constitucionales o “Constituciones Políticas del Estado Peruano”, cuyo promedio de vigencia en el periodo 1823-2025 es de 17 años. La Constitución actual, aprobada en 1993, tiene el récord de vigencia de 32 años, un periodo suficientemente largo como para evaluar su desempeño y utilidad como marco generador del desarrollo económico y de la distribución del ingreso y de la riqueza nacional entre sus ciudadanos, a través de los mecanismos constitucionales y de mercado.
La Constitución de 1993 y las políticas que se han desarrollado bajo este marco constitucional de libre empresa y mínima participación del Estado han enfatizado el desarrollo de capacidades materiales que son aprovechadas principalmente por las empresas transnacionales que explotan los recursos naturales (minería, petróleo, gas, espacios turísticos, etc.). Esto explica el crecimiento económico de los últimos años (2000-2019), en los que el país se ha desindustrializado y reprimarizado. De este modo, los indicadores macroeconómicos son muy positivos; sin embargo, los indicadores microeconómicos de los sectores no involucrados directamente con el sector externo son menos halagüeños.
En este contexto de crecimiento económico, explicado principalmente por la calidad de los recursos naturales y los precios de intercambio, es necesario repensar las políticas públicas para orientarlas al desarrollo de capacidades nacionales, como, por ejemplo, la industrialización de ciclo completo de los recursos naturales. Complementariamente, es necesario mejorar la relación impuestos–PIB (presión fiscal), así como la calidad y eficiencia del gasto público.
En ese sentido, el libro no solo analiza, sino que también se posiciona desde una responsabilidad personal frente a esa realidad ¿Cómo dialogan en usted la reflexión intelectual y la preocupación por el destino concreto del país?
Para hacer viable ese cambio, el nuevo pacto social debería basarse en una relación de corresponsabilidad entre el Estado, la ciudadanía y la nación. El Estado debe garantizar derechos, promover el desarrollo y administrar soberanamente los recursos; la ciudadanía debe participar activamente y vigilar el ejercicio del poder; y la nación debe articular un proyecto común orientado al bienestar colectivo, la industrialización y la reducción de las desigualdades.
Estamos viviendo un momento histórico importante a escala mundial. Ante el declive del poder anglosajón de Estados Unidos y el surgimiento de China como primera economía mundial, se perfila un paradigma muy diferente. Desde mi perspectiva, pasaríamos del saqueo inmisericorde asociado al dominio norteamericano y anglosajón a un sistema de colaboración multipolar centrado en Asia. De este modo, el futuro parece esperanzador para el mundo entero.
En este contexto, la sociedad peruana debe definir sus estrategias, superar los viejos paradigmas del liberalismo económico y tratar de dejar atrás su posición de neocolonia y de país primario exportador, para convertirse en una nación que industrialice sus recursos naturales.
Creo que este es el gran reto de los peruanos. La institucionalidad republicana debería asegurar la generación de empleo de calidad, un cambio tecnológico menos dependiente y los procedimientos necesarios para una adecuada asignación de recursos: el planeamiento gubernamental del desarrollo, el funcionamiento de los mercados y la plena soberanía nacional en el uso de los recursos naturales.
En el contexto económico actual, en el que el crecimiento se explica principalmente por la disponibilidad de recursos naturales, los bajos costos de explotación y los altos precios de intercambio, es necesario repensar las políticas públicas y orientarlas hacia el desarrollo de capacidades nacionales. Esto implica, por ejemplo, impulsar la industrialización de ciclo completo de los recursos naturales y, complementariamente, revisar la política fiscal. El Perú es el país con la presión fiscal más baja de la región y se encuentra por debajo del promedio sudamericano.
¿Es posible un proyecto nacional compartido?
En un contexto marcado por el desencanto y la desconfianza, ¿cree que el Perú aún puede pensar colectivamente en un proyecto nacional compartido?
El Perú, como nación, siempre ha sido un desafío complejo. Entiendo que no existe un solo país en el mundo que haya sido capaz de florecer y realizarse sin que antes haya existido una acción colectiva orientada a construir una nación. Las sociedades y las personas se construyen a sí mismas, con la particularidad de que una sociedad es mucho más que la suma de los individuos que la conforman. A ese conjunto se le llama nación, patria, hogar de todos o comunidad, entre otras denominaciones.
Con relación a un proyecto nacional compartido, deberíamos preguntarnos si los peruanos podremos alcanzar, en lo que queda del siglo XXI, un nivel de bienestar cercano al de otros países de la región o, por lo menos, situarnos por encima del promedio regional de ingresos per cápita hacia finales de 2099. Solo nos quedan 74 años y el reto es inmenso. De allí surge la necesidad de cambiar el paradigma del neoliberalismo y del laissez-faire, para pasar a otro en el que el Estado actúe de manera más inteligente, competitiva e imaginativa, y sea menos burocrático y corrupto.
Al respecto, creo que será muy difícil salir del subdesarrollo en el que nos encontramos si no cambiamos la matriz productiva del país y no combatimos la corrupción con determinación. El costo anual de la corrupción ronda el 4 % del PIB. De acuerdo con las cifras citadas, en 2024 este costo ascendió a US$ 7 460,27 millones. Además, se estima que el costo acumulado de la corrupción durante el periodo 1950-2024 fue de US$ 161 775,90 millones.
Una posibilidad abierta
Y, finalmente, todo ese recorrido desemboca en el sentido último del libro. ¿Qué conversación espera abrir en los lectores con Perú, la Segunda República y cuál sería la idea central que le gustaría que permanezca después de la lectura?
Me gustaría que los lectores de Perú, la Segunda República imaginaran un hogar en el que los niños estuvieran saludables, bien nutridos y en pleno uso de todas sus facultades cognitivas, y en el que los padres gozaran de empleos dignos que les permitieran desarrollar todas sus capacidades.
Finalmente, me gustaría que se comprendiera que el Perú es el hogar de todos los peruanos y que podemos construirlo si así lo decidimos. Solo necesitamos ponernos de acuerdo, y es precisamente en este punto donde la política adquiere importancia.
La conversación con Elmer A. Monteblanco Matos deja una idea difícil de eludir: el problema del Perú no es únicamente el desorden del presente, sino la continuidad de un modelo que no ha logrado transformarse en lo esencial. La desigualdad persistente, la corrupción normalizada y la debilidad institucional no son episodios aislados, sino parte de una estructura que se ha sostenido a lo largo del tiempo.
Frente a ello, Perú, la Segunda República. Imaginar el futuro y escalar el abismo del bicentenario no se limita a describir el problema. Propone, más bien, una tarea: repensar el país desde sus bases, recuperar el sentido de lo público y construir un horizonte común que trascienda la coyuntura, incluso en medio de un escenario electoral incierto como el actual.
La idea de una Segunda República aparece así no como una consigna, sino como una posibilidad exigente, que depende de la capacidad colectiva de asumir el cambio.
Si esta entrevista deja abiertas preguntas —o incomodidades—, es precisamente ahí donde el libro encuentra su punto de partida.
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