Hoy conversamos con Maricin Cuyas, autora de Mis papás al fin van al jardín, un cuento infantil que juega con una idea tan divertida como reveladora: ¿qué pasaría si, por un día, fueran los papás quienes tuvieran que ir al jardín?
Desde esa inversión de roles, la historia abre una mirada tierna y cercana sobre la rutina familiar, el inicio de la etapa escolar, los miedos, la adaptación y la importancia de acompañar emocionalmente a los niños en sus primeros grandes cambios. En esta entrevista, Maricin nos cuenta cómo nació Ana, qué hay detrás de sus papás tan particulares y por qué este libro puede convertirse en una herramienta valiosa para conversar en familia.
Sobre la idea y el tono del cuento
El título ya plantea una situación curiosa: no son los niños quienes van al jardín, sino los papás. ¿Qué fue lo primero que apareció: el título, la escena o la idea de invertir los roles?
Lo primero que apareció en mi mente fue la idea de contar una de las tantas actividades familiares que se convierten en rutinas diarias y que viven la mayoría de los papás. Desde el momento en que despiertan por la mañana, comienzan varias secuencias de actividades previas al objetivo principal: llevar a los niños al jardín, la escuela o el colegio.
Estas actividades pueden resultar estresantes para todos los integrantes de la familia: desde despertar a los niños, que muchas veces resulta una tarea titánica, hasta prepararles el desayuno y lograr, finalmente, que todos estén listos, con sus mochilas y preparados para subirse al transporte que los llevará a sus centros educativos.
Generalmente, la mirada está puesta en los adultos. Mi mirada, en cambio, está puesta en las emociones y sentimientos que experimentan los niños durante esas actividades, brindándoles la posibilidad de que, por un día, sean ellos quienes vivan en primera persona lo estresante que puede resultar realizar una actividad aparentemente sencilla.
Así que, respondiendo a la pregunta, lo primero que surgió en mí fue la idea de invertir los roles.
¿Cómo fue encontrar la voz de Ana? ¿Qué tipo de niña imaginaste al momento de contar la historia desde su mirada?
Soy maestra especializada en nivel inicial; por lo tanto, encontrar la voz de Ana surge de los años —que son muchos— y de las experiencias de trabajar, observar y aprender de los niños en general. Sin embargo, mi mirada y mi enfoque estuvieron, en todo momento, en los niños de inicial.
Ana es una niña de cinco años y, como toda niña de esa edad, atraviesa una etapa de gran autonomía, curiosidad, desarrollo motor y desarrollo personal. Es muy charlatana, aventurera, curiosa, traviesa y tiene mucha energía. No se detiene ni un segundo: siempre está haciendo alguna cosa.
Le gusta ayudar en casa, disfruta profundamente jugar con sus pares, ir al parque, realizar caminatas en familia y acompañar las compras en el supermercado. Ana es muy entusiasta en todo lo que hace. Si ve que a un amigo le pasa algo, logra entender sus emociones, y eso la vuelve una niña empática y solidaria.
En cuanto a su carácter, busca afirmar su independencia. Aunque todavía necesita ayuda de algún adulto para realizar algunas actividades, ella prefiere hacerlas sola y, en ocasiones, se enfada cuando las cosas no salen como había planeado. Es una niña decidida y de carácter fuerte.
El cuento habla de una etapa conocida para muchas familias, pero lo hace desde una situación inesperada. ¿Qué te interesaba contar de una manera distinta sobre ese primer acercamiento al jardín?
Elegir un jardín, una escuela o un colegio no es una tarea sencilla para los padres. A mi entender, no es algo que deba elegirse al azar. Cuando una familia elige determinada institución educativa, es —o debería ser— porque tiene buenas referencias, porque está conforme con las metodologías de trabajo que se manejan en ese centro educativo y porque tuvo la posibilidad de conocerlo.
También considero importante que los padres visiten el lugar con sus hijos. Los niños deben conocer su jardín antes de comenzar las clases para disminuir la ansiedad y apropiarse, poco a poco, de ese espacio en el que pasarán parte de su jornada diaria.
Las familias tienen que transmitir seguridad y confianza a sus hijos respecto a la elección del jardín, la escuela o el colegio. De esa manera, los niños también se sentirán confiados, y la etapa de iniciación o adaptación será mucho más fácil para ellos.
Los personajes y la historia
¿Cómo imaginaste a estos papás dentro del jardín? ¿Qué rasgos querías que tuvieran para que resultaran cercanos tanto para los niños como para los adultos?
Los papás de Ana son como niños pequeños: actúan y piensan como niños de la edad de Ana. Son ocurrentes, traviesos y, a veces, olvidadizos con sus pertenencias. Ana tiene que recordarles que traigan sus cosas y juguetes después de la jornada escolar.
También son muy charlatanes. Llegan a casa con muchas anécdotas divertidas sobre sus compañeros, los “papás-amigos”, y sobre todo lo que les pasó en el jardín.
Creo que los pequeños lectores se sentirán identificados con la personalidad de los padres de Ana, y eso los hará más cercanos a los personajes.
¿Hubo alguna escena que disfrutaste especialmente escribir porque sentías que podía generar complicidad entre quien lee y quien escucha la historia?
Hubo varias escenas, a mi entender. Una de ellas es cuando Ana despierta temprano a sus padres, una actividad que sé que a muchas familias les cuesta mucho porque sus pequeños nunca quieren levantarse.
Otra escena es cuando Ana los reta y les dice que van a llegar tarde al jardín porque aún no se han levantado de la cama ni han desayunado.
Pero la escena que más disfruté, y que siempre se me viene a la mente, es cuando mamá y papá llevan en la mochila o en la mano algún juguete especial para compartirlo en el jardín con otros papás-amigos.
No es un simple juguete, ya sean las caravanas y pulseras de mamá o el dinosaurio de papá. Estos objetos funcionan, principalmente, como objetos de transición. El peluche de dinosaurio o las caravanas les brindan seguridad emocional y alivio frente a la ansiedad que puede generar separarse de sus padres. Actúan como un puente reconfortante entre el hogar y el entorno escolar, y también les permiten socializar con el resto de los papás-amigos.
En muchos cuentos infantiles, los adultos explican y los niños aprenden. Aquí parece ocurrir algo distinto. ¿Te interesaba mostrar que los adultos también tienen miedos, dudas y aprendizajes?
Los adultos jamás dejamos de aprender, y mucho menos cuando aprendemos de nuestros propios hijos. En la vida cotidiana, el dicho “no hay un libro que nos enseñe a ser papás” es real; y aun si existiera ese libro, sería todo un desafío.
Ser padre o madre implica, en muchas ocasiones, aplicar el ensayo y error. Además, muchas veces educamos siguiendo el ejemplo que tuvimos de nuestros propios padres.
Por supuesto que los adultos tienen miedos, sufren ansiedad y se enfrentan a situaciones que deben resolver, incluso cuando no estaban preparados para vivirlas con sus propios hijos. Pero el desafío está en poder resolverlas día a día, viendo, escuchando y observando las reacciones de los niños para aprender de ellas.
Infancia, escuela y familia
Cuando un niño empieza el jardín, también cambia la rutina de la familia. ¿Qué aspectos de esa experiencia familiar quisiste poner en primer plano?
Para comenzar, creo que es muy importante que, después de unas largas vacaciones de verano, y cuando estas están próximas a terminar, las familias comiencen con tiempo a ordenar la rutina del sueño.
Me explico: en vacaciones casi no existen horarios. Todo se da de una manera más descontracturada. El almuerzo puede ser a las 14:00 horas, luego viene la playa u otras actividades, y los niños pueden acostarse muy tarde jugando a la Play o mirando televisión.
Por eso, considero importante que una semana antes de reintegrarse a las rutinas cotidianas, los padres comiencen a ordenar las horas de sueño de los pequeños. La cena debería hacerse más temprano y, a más tardar, alrededor de las 22:00 horas, todos deberían estar bañados y listos para dormir.
Hago énfasis en esto porque se observa en muchas familias que, cuando terminan las vacaciones, llega el domingo y los niños continúan con el horario de verano. Su cerebro no tuvo tiempo de procesar una nueva rutina. Entonces se duermen a las 2:00 de la mañana para levantarse a las 7:00. ¿Cuánto tiempo tuvieron para descansar? Prácticamente nada.
Por eso las mañanas son tan difíciles, y ni hablar si no hubo una preparación previa o si no se les anticipó a los niños que muy pronto comenzarán el colegio o la escuela. No mencionar esta actividad tan importante puede hacer que las mañanas sean caóticas para todos los integrantes de la familia, y que el ingreso a la institución educativa también lo sea.
¿Qué crees que los adultos podrían aprender de los niños al momento de enfrentar cambios nuevos?
Los adultos deberían aprender y comprender que los niños también sufren estrés. Todo cambio nuevo, sin previo aviso, sin diálogo familiar y sin preparación, puede generarles ansiedad, tal como ocurre con los adultos.
Muchas veces eso que llamamos “berrinche” o ese mal humor que vemos en los niños aparece porque están expuestos a actividades o lugares que no estaban previstos. Lo más importante es que los adultos entiendan que deben comunicarse con sus hijos para evitar cambios bruscos y ayudarlos a adaptarse mejor al entorno que los rodea.
Siempre digo que, si a los adultos muchas veces se nos dificultan los cambios de horario, los cambios de trabajo o ingresar a un nuevo ambiente laboral, también debemos comprender que a los niños les puede resultar difícil enfrentar situaciones nuevas.
Creo que los adultos también deberían aprender de los niños su gran empatía. Cuando un amigo necesita ayuda o se cae porque tropezó con una piedra, ellos suelen acercarse. Incluso si discuten con un compañerito porque no están de acuerdo, quizá a los diez minutos ya vuelven a buscarse y a juntarse, activando herramientas que les permiten socializar.
Es importante que los adultos sonrían más y aprendan a escuchar a su niño interior, ese que todos tenemos. En esta sociedad de rapidez e inmediatez, muchas veces nos olvidamos de escucharlo. Seguramente muchas cosas serían distintas si nos detuviéramos solo un minuto.
Si una familia leyera este cuento antes del primer día de jardín, ¿qué conversación te gustaría que aparezca después de cerrar el libro?
Primero que nada, los padres deberían preguntarles a sus hijos qué les pareció el libro, el cuento, lo leído. Preguntarles qué piensan.
Este libro puede ser una herramienta para preparar a los niños frente a ese cambio de rutina después de las vacaciones. Además, el cambio de roles puede resultar muy divertido, porque permite abrir conversaciones entre padres e hijos. Por ejemplo: “¿Qué harías, Juancito, si tuvieras que llevarnos al jardín?”, “¿Cómo nos llevarías?”, “¿Cómo nos prepararías las loncheras?”.
Creo que puede darse una dinámica en la que se priorice el pensamiento del niño y la originalidad de los padres para responder sus preguntas. También permite anticiparles que llegó el tiempo de comenzar el jardín, la escuela, el colegio o la institución educativa que hayan elegido.
Sobre todo, creo que es muy importante que puedan hablar justamente de esa elección. Que los padres les cuenten a sus hijos lo confiados que están de haber elegido esa institución: que es un lugar hermoso, seguro, donde van a aprender muchísimo, donde tendrán amigos, una maestra y actividades para compartir.
Escuchar la voz de los padres transmitiendo seguridad y confianza es muy valioso. Para un niño, saber que sus padres conocen el lugar y están tranquilos con esa elección puede darle mucha calma. Puede pensar: “Mis papás me aman; no me enviarían a un colegio o una escuela en la que no confiaran”.
De todas maneras, invito a las familias a que, cuando elijan un colegio o una escuela, vayan acompañadas de sus hijos. Es importante que ellos comiencen a ver y vivenciar el lugar, que se apropien de su nuevo espacio y que no se sientan tan inseguros o miedosos si se trata de una institución nueva.
Que conozcan poco a poco los rincones de esa escuela: dónde están los juegos, el área de educación física y los espacios que formarán parte de su día a día. Todo lo que sepan previamente les dará mucha más seguridad, y el período de adaptación o iniciación será mucho más llevadero para todos.
La experiencia de lectura
En un libro infantil, la historia no solo se cuenta con palabras, también con gestos, escenas y detalles visuales. ¿Qué querías que las ilustraciones transmitieran sobre Ana, sus papás y el jardín?
Una de las características fundamentales que buscaba era que las imágenes expresaran complicidad entre Ana y sus padres, así como seguridad en el momento en que Ana dice: “Espero que les guste el jardín, porque lo busqué mucho”.
La idea es que, cuando vean las imágenes, los niños se sientan identificados porque se trata de una rutina diaria realizada en familia. Hay que levantarse para ir a la escuela, los papás están a full preparando el desayuno, y aparecen escenas cotidianas que hacen que los niños se conecten más con el libro y con las imágenes.
Me gustaría que pudieran decir, por ejemplo: “Ay, mi papá también me prepara magdalenas” o “mi mamá también me pone una manzana en la mochila”.
Busco la complicidad del público en general, especialmente la de los niños pequeños. También busco la sonrisa y la empatía de los padres frente a lo vivido diariamente, a medida que avanzan en la lectura del libro.
¿Cómo te gustaría que se lea este libro: en casa, en el aula, antes de dormir, antes de empezar el jardín?
Para mí, todas las opciones son correctas. Pero si tuviera que elegir, creo que es un buen libro para leer en casa antes de comenzar el jardín y comentarlo en familia.
Puede ser una oportunidad para preguntarles a los hijos si están contentos, ansiosos o nerviosos. De esa manera, los padres podrán contenerlos y obtener información sobre las emociones que les genera volver al jardín, la escuela o el colegio.
“Nunca dejes para mañana el libro que puedes leer hoy”, dice Holbrook Jackson. Después de esta historia, ¿hay otros momentos de la infancia o de la vida familiar que te gustaría explorar en nuevos cuentos?
Este libro forma parte de una colección de dos libros más con los mismos personajes: Ana y sus padres. En ellos, exploro otras experiencias cotidianas en familia.
El próximo libro será sobre el primer día de clase. Allí, las anécdotas de lo vivido por los papás de Ana serán contadas tal como las explicaría un niño de cinco años que llega a contarles a sus padres todo lo que vivió, todo lo que observó, lo que hicieron en clase y los amigos que encontró. Vamos a vivir esa especie de verborragia verbal propia de los niños cuando tienen mucho para contar.
El tercero será sobre una visita al doctor: todo lo que significa ir al médico y, sobre todo, cuando nos tienen que poner vacunas.
Creo que pueden tener muy buen recibimiento por parte de los lectores y las familias, porque mantienen el cambio de roles o la psicología inversa. Es Ana quien lleva a sus papás al médico, y también es Ana quien los espera y los va a buscar al jardín, aguardando que le cuenten todo lo que hicieron: sus travesuras, pinturas, dibujos, bailes, anécdotas del patio y tantas otras experiencias.
Creo que este es un buen comienzo para seguir investigando más situaciones familiares, porque siempre hay muchas por descubrir.
Con Mis papás al fin van al jardín, Maricin Cuyas propone una historia que divierte, pero que también invita a mirar con más atención lo que viven los niños cuando se enfrentan a un cambio importante. A través de Ana y sus papás, el cuento recuerda que la infancia necesita juego, acompañamiento, anticipación y escucha.
Más que una historia sobre el inicio del jardín, este libro abre una conversación sobre la familia, las rutinas y la manera en que los adultos pueden acompañar mejor las emociones de los más pequeños. Una lectura ideal para compartir en casa, en el aula o antes de ese primer día que, para muchos niños, marca el inicio de una nueva aventura.
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